Hacía días que tenía intención de quedar con él. Por primera vez no saber nada de Álvaro era una señal de que todo iba bien. Lo último que sabía es que estaba trabajando en un parking, como guarda nocturno, que tenía pareja y que se había comprado un coche. Vamos, lo normal, o tal vez no tanto para una persona a la que he visto recaer múltiples veces en la droga, vivir tirado en la calle y sobrevivir de mala manera por ahí.
Sigue vinculado, y ya hace muchos años, a un grupo de la Parroquia, el grupo compromiso, que lo acogió como un miembro más y que le ha servido siempre como grupo de referencia y como grupo de amigos.
Han sido muchas las conversaciones, cenas, campamentos, problemas, enganches, sonrisas y lágrimas que hemos vivido juntos. Y la verdad es que es una auténtica gozada saber que alguien como Álvaro ha conseguido por su propio esfuerzo el salir hacia adelante.
La primera vez que le vimos con su coche nuevo fue en el entierro de la hermana Begoña. Admito que la cabeza me traicionó y medio en broma, medio en serio, comenté, ¡De donde lo habrá robado!. Parecía increíble que una persona como él pudiera estar haciendo algo tan habitual como pagar una letra mensual del coche, un alquiler o comprarse ropa. Algo que nos parece tan normal, no lo es tanto para mucha gente que vive en la calle enganchada a la droga.
Estrella, su animadora del grupo Compromiso, me comentó que había tenido problemas hace poco y que le habían detectado una cirrosis. Un cuerpo, castigado como el suyo durante muchos años, acaba pasando factura. Sabemos que su estado de salud no es boyante, que las defensas las tiene bajitas, ya que “el bicho” (el Sida) como lo llaman en los ambientes carcelario, le ha hecho vivir en un permanente estado de fragilidad física.
Por fin esta mañana he podido quedar con él. Hemos quedado en la puerta del Mercado Central de Alicante, para hablar un rato y comer juntos. Admito estar preocupado por su estado de salud, me da rabia pensar que todo lo conseguido pueda truncarse de esta manera. Así es el mundo de la droga, ¡siempre pasa factura!.
Ya lo diviso a lo lejos, veo que va aseado y con la ropa limpia. Camina dando vueltas y su ligera cojera, debida a la operación de cadera que tuvo hace unos años, delata que es él. Llego hasta él, nos saludamos afectuosamente, y ya que vive en el barrio del mercado, le pido que sugiera un sitio para comer, de menú, que estamos en crisis.
Mientras caminamos hacia el bar de menús me sorprendo a mi mismo pensando que me alegra haberle visto mejor de lo que pensaba. Luego entendería el porqué.
Pedimos menú del día, él juguetea con la comida pues no tiene demasiada hambre, mientras hablamos de lo divino y lo humano. Me comenta que ha recuperado el contacto con su familia, las relaciones con su hermana son buenas, que su padre falleció hace poquito y que se le ha muerto una hermana de cáncer, también hace poquito. Me comenta que ha tenido problemas de pareja con Pilar y que por el bien de los dos lo han dejado.
Me comenta que ha empezado con el Interferón, y entonces todo cuadra. El Interferon es el tratamiento médico para combatir la Hepatitis. Es un tratamiento agresivo que en un enfermo con pocas defensas como Álvaro puede, de momento, menguar en mucho la poca salud que uno tenga. Poco a poco el cuerpo se recupera. Pero de entrada, te paraliza, te agota, te consume… y Pilar no pudo aguantar. Álvaro me comenta que ha estado tan mal que pensaba que se moría, pero que esta vez iba en serio. Me comenta que ya estaba resignado, que estaba harto de luchar, demasiado tiempo viviendo en “la basura”. Gracias a Dios tiene un jefe comprensible y unos compañeros de trabajo que han decidido ignorar su pinta, que la tiene, de exdrogadicto, para apostar por sus ganas de vivir y su siempre evidente honradez. Porque es cierto, habrá sido preso y toxicómano, pero Álvaro siempre ha sido una persona honrada y sincera.
Me comenta que le han cubierto los compañeros en el trabajo, que está muy agradecido, que el jefe le ha apoyado en todo, y que ahora, después de unos meses, ha empezado a ver la luz. Se ha cambiado de piso, de alquiler claro, sigue con su sueldo y me comenta orgulloso que es una pasada poder entrar en una tienda y poder salir con lo que te apetezca sin el miedo de que una cámara te haya grabado o que un guardia jurado te enganche en la puerta.
Por primera vez en su vida sabe lo que es pagar una letra (Álvaro va camino de los 40 años) y haber tenido una relación de pareja más o menos estable sin que la droga fuera lo único que les unía. Sabe lo que es dormir tranquilo sin deber nada a nadie, lo que es caminar por la calle y no tener miedo a mostrar tu carnet de identidad por si hay alguna búsqueda y captura pendiente que lo lleve a Fontcalent. Y mientras me lo explica, sonríe y respira tranquilo como el que no debe nada a nadie, como el que sabe que ahora puede tenerlo todo y que todo eso se consigue con esfuerzo; como el que sabe que es preferible comer un plato de arroz tranquilo a tener caprichos que no son necesarios y que son síntomas de que el dinero no lo ganaste con el sudor de tu frente sino a costa de coger las cosas que otro consiguió con el sudor de la suya.
Me alegra verle mejor, pero los dos sabemos que hay un tema del que no hemos hablado. Su estado de salud tal vez se estabilice, o tal vez no, tal vez llegue un momento en que haya que esperar un trasplante, tal vez, si evoluciona la cirrosis, le quede poco tiempo de vida. Espero que no… Ahora que sabe lo que es vivir, y vivir bien, me entristece pensar que la vida se le pueda escapar de las manos. Me entristece pensar que ahora, que ha conseguido todo a fuerza de abstenerse de las drogas y con tesón en el trabajo, la ilusión y la vida se le vaya desvaneciendo al ritmo que su hígado marque.
Me despido de él y prometo verle pronto, en unas horas entrará a trabajar y ha roto el sueño para quedar conmigo a comer. Le espera toda la noche de trabajo, en vigilia, en el parking. Gracias Álvaro por ser un ejemplo de superación para mí, por hacer que siga creyendo en las personas, por demostrarme que todo o casi todo se puede superar con tesón y voluntad.