Acudo esta mañana a conocer a Catalina, me han comentado que ha ingresado en el módulo de mujeres hace solo un par de días, los mínimos como para pasar por ingresos hasta que pase al patio con el resto de las internas. La visita a Catalina viene motivada por la preocupación que profesionales, funcionarias y el resto de internas me han transmitido ante su delicada situación.
¡No será para tanto!, pienso yo mientras la llamo por el micrófono del módulo que suena por todo el patio. Mientras espero que llegue, a mi paso, otras internas me reclaman la atención. Les digo que pasen después que Catalina. Hoy no puedo ir al despacho de tratamiento pues está ocupado y una vez sentado en uno de los asientos de plástico del comedor, saco mi libreta de apuntes y miro el resto de entrevistas que tengo programadas para hoy. Antes de terminar de ojear la libreta se acerca Rosi para decirme que Catalina está llegando. Giro la cabeza y la veo llegar. Es grandota y está hinchada, demasiado hinchada, camina lentamente como quien titubea a cada paso y como bastón ha improvisado el brazo de Rosi que se lo presta gustosa. Rosi es la interna que está con Catalina en el chabolo pues debido al estado de salud de Catalina no se atreven a dejarla sola.
Mientras intento que la cara no me delate ante la primera sensación de verla, le doy mi más calurosa bienvenida. Se sienta delante y Rosi a su lado. Se presenta y lo primero que observo es una boca que se ha quedado sin apenas dientes y distintos tonos de morado según la parte de la cara y el cuello a la que mires, es el signo más evidente de su cáncer avanzado. Me habla sosegada, como buscando oxigeno entre palabra y palabra, como quien pide permiso para pronunciar la palabra siguiente sin saber si está bien o no pronunciada o si será la palabra adecuada.
Su delicada salud no le ha impedido que vuelva a meter la pata. La ha tenido que hacer muy gorda para que el juez que le dio la libertad por su estado de salud, haya decidido que reingrese de nuevo. Difícil decisión la de los jueces.
Se ha escapado de todos los hospitales pues, como ha hecho desde siempre, nadie le dice lo que puede o no puede hacer. Imagino que sus 12 años de estancia en prisión por delitos graves (da igual el delito), y una impulsividad nada controlada,que aún deja entrever entre sus balbuceos a cada interrupción de lo que quiere decirme Rosi, me hace intuir que su vida y su paso por prisión no ha sido un camino de rosas.
Me habla de su hijo que está con su madre. Su madre tuvo que asumir la tutela del nieto, que ahora tiene 17 años, ante el ingreso en prisión de Catalina.
La conversación pasa de temas triviales a temas más espirituales y profundos. En un momento determinado me doy cuenta que se ha convertido en una confesión pública y que está siendo una declaración de principios, o lo que es peor, una despedida en toda regla. Desde los tiempos en los que me tocó vivir la despedida lenta y anunciada muerte de mi padre por un cáncer no había tenido esa misma sensación hasta el día de hoy.
Me pregunta sobre el cielo y sobre Dios, y mientras divaga pensando que el cielo tiene y debe ser mejor que lo que ha tenido que vivir, de vez en cuando, frunce el ceño, que evidencia un nuevo pinchazo de dolor que le incomoda cada pocos minutos. ¡Son como pinchazos que me suben de las manos y me paralizan todo el cuerpo, Padre!. Mientras intento que se olvide del dolor producido por la leucemia terminal de vez en cuando, veo como aprieta la mano de Rosi, signo inequívoco de un nuevo pinchazo.
Mientras intento encajar este momento donde el dolor se me muestra con su máxima crudeza elevo una tímida oración al buen Dios con la esperanza de que si quiere, se lleve pronto a Catalina para que deje de sufrir los dolores que ni los parches de morfina consiguen apaciguar y que no remitirán hasta que muera.
Lo único que puedo prometerle, y así lo creo, es que el cielo tiene que ser lo máximo, porque si Dios es amor, estar con Él para siempre tiene que ser el mejor de los sueños. Y esto se lo comento cuando he cogido entre mis manos las suyas, intentando solo acariciarlas porque cualquier opresión le produce mucho dolor. Le prometo que le traeremos la ropa y que tal vez sería bueno hablar con su madre ya que ella me asegura que su madre está dispuesta a acogerla en casa cuando salga, esperemos que en unos días, porque intuyo que en su situación no puede estar mucho tiempo en prisión.
Finalmente rezamos juntos. Cerramos los dos los ojos, mano sobre mano, mientras hacemos peticiones diferentes. A ella me lo imagino pidiendo dejar de sentir dolor y descansar para siempre, y yo pido a Dios que por lo menos en estos momentos finales de la vida y, en prisión, pueda sentirse acompañada y querida, y todo esto mientras no puedo evitar que la situación me medio-supere y la emoción empañe mis ojos los justo para que lo sentido no se transforme en lágrima.
Nos despedimos, pasa la mañana y sobre la una del mediodia, cuando los internos ya pasan a comer, me voy a hablar con la trabajadora social del módulo de mujeres. Me pone en antecedentes y como imaginé, su madre no ha encajado bien el último ingreso de Catalina. Me la pasa al teléfono para que yo le pueda dar indicaciones de cómo hacerme llegar la ropa de su hija para que yo se la traiga. ¡Porque yo no pienso ir a llevársela!, ¡como mucho se la envío a usted!, La noto enfadada, muy enfadada, cansada de mil historias de su hija Catalina. Tanto, que la conversación concluye con un ¡la próxima vez que me llamen espero que sea para decirme que mi hija ya ha muerto!. El tortazo emocional que me hace sentir esa frase es fuerte. Lo triste es que me he acostumbrado a ello. Intento ponerme en su piel y me imagino a una madre luchadora, cansada de aguantar y de estar siempre detrás de Catalina, cansada de los delitos de su hija, cansada de sus robos, cansada de que no se haya preocupado de su hijo…. Cansada, tan cansada, que para dejar de sufrir parece haber decido convertir su amor de madre ya agotado, en olvido resignado como único escudo con el que defenderse cuando es imposible seguir soportando más dolor.
Cuelgo el teléfono y me voy a casa dándole vueltas al caprichoso vaivén de sentimientos encontrados que he vivido en una sola mañana. Una de cal y otra de arena, así es la cárcel.
P. Nacho Blasco, director.