miércoles 13 de mayo de 2009

GANAS DE VIVIR, PESE A TODO…


Hacía días que tenía intención de quedar con él. Por primera vez no saber nada de Álvaro era una señal de que todo iba bien. Lo último que sabía es que estaba trabajando en un parking, como guarda nocturno, que tenía pareja y que se había comprado un coche. Vamos, lo normal, o tal vez no tanto para una persona a la que he visto recaer múltiples veces en la droga, vivir tirado en la calle y sobrevivir de mala manera por ahí.
Sigue vinculado, y ya hace muchos años, a un grupo de la Parroquia, el grupo compromiso, que lo acogió como un miembro más y que le ha servido siempre como grupo de referencia y como grupo de amigos.
Han sido muchas las conversaciones, cenas, campamentos, problemas, enganches, sonrisas y lágrimas que hemos vivido juntos. Y la verdad es que es una auténtica gozada saber que alguien como Álvaro ha conseguido por su propio esfuerzo el salir hacia adelante.
La primera vez que le vimos con su coche nuevo fue en el entierro de la hermana Begoña. Admito que la cabeza me traicionó y medio en broma, medio en serio, comenté, ¡De donde lo habrá robado!. Parecía increíble que una persona como él pudiera estar haciendo algo tan habitual como pagar una letra mensual del coche, un alquiler o comprarse ropa. Algo que nos parece tan normal, no lo es tanto para mucha gente que vive en la calle enganchada a la droga.
Estrella, su animadora del grupo Compromiso, me comentó que había tenido problemas hace poco y que le habían detectado una cirrosis. Un cuerpo, castigado como el suyo durante muchos años, acaba pasando factura. Sabemos que su estado de salud no es boyante, que las defensas las tiene bajitas, ya que “el bicho” (el Sida) como lo llaman en los ambientes carcelario, le ha hecho vivir en un permanente estado de fragilidad física.
Por fin esta mañana he podido quedar con él. Hemos quedado en la puerta del Mercado Central de Alicante, para hablar un rato y comer juntos. Admito estar preocupado por su estado de salud, me da rabia pensar que todo lo conseguido pueda truncarse de esta manera. Así es el mundo de la droga, ¡siempre pasa factura!.
Ya lo diviso a lo lejos, veo que va aseado y con la ropa limpia. Camina dando vueltas y su ligera cojera, debida a la operación de cadera que tuvo hace unos años, delata que es él. Llego hasta él, nos saludamos afectuosamente, y ya que vive en el barrio del mercado, le pido que sugiera un sitio para comer, de menú, que estamos en crisis.
Mientras caminamos hacia el bar de menús me sorprendo a mi mismo pensando que me alegra haberle visto mejor de lo que pensaba. Luego entendería el porqué.
Pedimos menú del día, él juguetea con la comida pues no tiene demasiada hambre, mientras hablamos de lo divino y lo humano. Me comenta que ha recuperado el contacto con su familia, las relaciones con su hermana son buenas, que su padre falleció hace poquito y que se le ha muerto una hermana de cáncer, también hace poquito. Me comenta que ha tenido problemas de pareja con Pilar y que por el bien de los dos lo han dejado.
Me comenta que ha empezado con el Interferón, y entonces todo cuadra. El Interferon es el tratamiento médico para combatir la Hepatitis. Es un tratamiento agresivo que en un enfermo con pocas defensas como Álvaro puede, de momento, menguar en mucho la poca salud que uno tenga. Poco a poco el cuerpo se recupera. Pero de entrada, te paraliza, te agota, te consume… y Pilar no pudo aguantar. Álvaro me comenta que ha estado tan mal que pensaba que se moría, pero que esta vez iba en serio. Me comenta que ya estaba resignado, que estaba harto de luchar, demasiado tiempo viviendo en “la basura”. Gracias a Dios tiene un jefe comprensible y unos compañeros de trabajo que han decidido ignorar su pinta, que la tiene, de exdrogadicto, para apostar por sus ganas de vivir y su siempre evidente honradez. Porque es cierto, habrá sido preso y toxicómano, pero Álvaro siempre ha sido una persona honrada y sincera.
Me comenta que le han cubierto los compañeros en el trabajo, que está muy agradecido, que el jefe le ha apoyado en todo, y que ahora, después de unos meses, ha empezado a ver la luz. Se ha cambiado de piso, de alquiler claro, sigue con su sueldo y me comenta orgulloso que es una pasada poder entrar en una tienda y poder salir con lo que te apetezca sin el miedo de que una cámara te haya grabado o que un guardia jurado te enganche en la puerta.
Por primera vez en su vida sabe lo que es pagar una letra (Álvaro va camino de los 40 años) y haber tenido una relación de pareja más o menos estable sin que la droga fuera lo único que les unía. Sabe lo que es dormir tranquilo sin deber nada a nadie, lo que es caminar por la calle y no tener miedo a mostrar tu carnet de identidad por si hay alguna búsqueda y captura pendiente que lo lleve a Fontcalent. Y mientras me lo explica, sonríe y respira tranquilo como el que no debe nada a nadie, como el que sabe que ahora puede tenerlo todo y que todo eso se consigue con esfuerzo; como el que sabe que es preferible comer un plato de arroz tranquilo a tener caprichos que no son necesarios y que son síntomas de que el dinero no lo ganaste con el sudor de tu frente sino a costa de coger las cosas que otro consiguió con el sudor de la suya.
Me alegra verle mejor, pero los dos sabemos que hay un tema del que no hemos hablado. Su estado de salud tal vez se estabilice, o tal vez no, tal vez llegue un momento en que haya que esperar un trasplante, tal vez, si evoluciona la cirrosis, le quede poco tiempo de vida. Espero que no… Ahora que sabe lo que es vivir, y vivir bien, me entristece pensar que la vida se le pueda escapar de las manos. Me entristece pensar que ahora, que ha conseguido todo a fuerza de abstenerse de las drogas y con tesón en el trabajo, la ilusión y la vida se le vaya desvaneciendo al ritmo que su hígado marque.
Me despido de él y prometo verle pronto, en unas horas entrará a trabajar y ha roto el sueño para quedar conmigo a comer. Le espera toda la noche de trabajo, en vigilia, en el parking. Gracias Álvaro por ser un ejemplo de superación para mí, por hacer que siga creyendo en las personas, por demostrarme que todo o casi todo se puede superar con tesón y voluntad.
Un abrazo. P. Nacho

miércoles 1 de abril de 2009

Nuevo disco de Fray Nacho

Apreciados amigos:
Aprovecho este blog para presentaros mi más reciente disco "En el Silencio". Un disco sencillo, de canciones compuestas para los momentos de oración.
Si estas interesado en su compra, puedes entrar en www.fraynacho.com en "contacto" y hacer tu petición.
Si aún así quisieras tener el disco y no puedes pagarlo (vale 10 euros más gastos de envío -dinero que se va a utilizar para cubrir necesidades básicas de familias con dificultades), no dudes en pedirlo y veré la forma como hacértelo llegar de la forma más adecuada.
Uno de los temas nuevos "nada te turbe" podrás escucharlo en www.myspace.com/fraynacho.
Un gran abrazo en libertad.
Nacho

domingo 15 de marzo de 2009

EL DOLOR DE LAS VICTIMAS

Recientemente he tenido que celebrar el funeral de dos personas que no murieron de muerte natural. Curiosamente, a mí, que no suelo oficiar los funerales en mi parroquia, me pidieron que lo presidiera por cercanía a una de las familias. Las dos personas por las que hacíamos el funeral murieron asesinadas, con 37 y 17 años.
Admito que siempre me quedo sin palabras ante estas situaciones. ¡Cuánto dolor, y cuanto sufrimiento producen este tipo de muertes! ¡Qué absurdo morir en manos de la sinrazón!
No hay palabras que logren dar consuelo. Es tanta la rabia por la incomprensión de lo ocurrido que la mejor de las homilías es el silencio y un abrazo fuerte. Eso fue lo que intenté transmitirles durante la celebración, pero dudo haberlo conseguido.
Muchos de los que han acudido saben perfectamente que yo soy el capellán de la prisión. Saben cuál es mi trabajo en la cárcel y por eso les agradezco enormemente que me invitaran a celebrar este funeral.
Y se lo agradezco porque no puedo olvidarme que detrás de cada preso hay por lo menos una víctima. Y es que el delito siempre implica dolor y sufrimiento; dolor a las víctimas en primer lugar, porque nunca eligieron que les ocurriera eso, por lo que el dolor se incrementa por 100; y dolor también para la familia del preso e incluso para el preso mismo, por todo lo que implica el ocasionar daño a los demás.
Hoy mis palabras de agradecimiento son para la hermana de uno de los difuntos. Cuando me comentaron lo ocurrido, lo único que pude recibir de ella fue una sensación de dolor, extremo dolor, y a la vez mucha fe. Incluso estuvo comentando, con mucha entereza, cómo habían sido los momentos del funeral en Madrid, de donde son ellos. Querían preparar el funeral aquí en su parroquia, con mimo, con extremo cuidado, como gozando del maravilloso recuerdo de su hermano al que, me consta, todo el mundo admiraba por su proyección profesional, coherencia personal, generosidad y dedicación al trabajo.
Cuando saludé a sus padres, sólo pude esbozar un ¡Lo siento mucho!, sincero, pero me hubiera gustado decir muchas más cosas. Tal vez no era el momento. Estoy convencido que durante la celebración el recuerdo de sus familiares difuntos era lo que hacía que la mayoría de las veces exteriorizaran su dolor con el llanto y otras, las menos, esbozaran alguna pequeña sonrisa ya que el amor les hacía viajar en el tiempo y, por un instante, recuperar algún momento especial vivido junto a aquel al que ahora despedían.
Dos vidas truncadas que dejan un gran vacío y que han sido cruelmente arrebatadas.
Ante este tipo de situaciones, resurgen, en la opinión pública, los temas como la cadena perpetua o la pena de muerte. Lo que es cierto es que el delito está mal y como tal hay que penarlo. Ni qué decir tiene que la cárcel no es la solución, pues no reinserta, pero tiene que haber medidas coercitivas que nos recuerden que la vida es un valor supremo y que nadie tiene derecho a arrebatársela a otra persona.
Tal vez el destino me tenga preparado encontrarme con alguno de los asesinos en alguna de las prisiones de este país. El haber conocido a las víctimas me ha hecho poder rezar y ofrecer a Dios todo ese dolor, sentirlo aunque solo sea un poco, en mi corazón. Tal vez mañana, el conocer a los que asesinaron a sus seres queridos, me ayude a seguir mostrando y ofreciendo la misericordia de Dios intentando desterrar de mí los prejuicios y condenas anticipadas.
En estos casos siempre me pregunto cómo hubiera actuado Jesucristo. Sé que lo más fácil es descargar la rabia y pedir justicia. Hoy le pido al Buen Dios que me regale un poco más de fe, que me ayude a poner una mirada de Merced en todo esto y, si es posible, solo si es posible, consolar a las víctimas y atenderlas con el máximo de los respetos, y a la vez, acompañar, en la cárcel, a los que ocasionaron tanto dolor, y hacerlo desde la única mirada del Evangelio.

P. Nacho

martes 13 de enero de 2009

La belleza de lo ordinario

No sé si este domingo ha tenido algo de especial. Aunque tal vez todos los domingos lo sean.
Una chica me decía el otro día que en su vida “no había ocurrido nada extraordinario ni fuera de lo común”, y eso le hacía sentir triste. Tal vez necesitamos que ocurran cosas sorprendentes para seguir creyendo que la vida vale la pena vivirla. Tal vez, intuyo que es esto, hayamos perdido la capacidad de aprender a valorar los pequeños detalles y las cosas ordinarias, las que no llaman la atención, han dejado de ser para nosotros una nueva oportunidad para crecer, madurar o emocionarnos…
Son las 9,50 cuando llego al aparcamiento de la prisión. Conmigo vienen dos voluntarios para animar las Eucaristías. A las 10 llegará el tercer voluntario y entraremos juntos. Mientras me esperan, saludaré al Jefe de Servicios. Hoy está José Ramón, al que le preguntaré por Castellón, mi tierra, ya que también es de allí. Y después de coger las llaves del Salón de Actos, empezará mi peregrinaje particular para llevar y traer internos a los módulos, con la confianza de que a las 12h podamos haber acabado para pasar después por comunicaciones a dejar unos paquetes que otra voluntaria ha preparado para algunos internos indigentes. Rápido, rápido que a las 13h tengo otra misa en Elche.
Abro el Salón de Actos y cojo una nueva llave que me permite subir a un cuarto desde donde enciendo las luces del Salón. 1, 2 y 3, siempre en el mismo orden, y el salón pasa de la absoluta oscuridad a la luz suficiente como para celebrar las Eucaristías.
Hoy he tenido suerte y viene Juanma, un funcionario, auxiliar, que me echará una mano con los internos. En el listado que llevo, entre todos, hay más de 180 internos apuntados en lista. De la mayoría conozco las caras, pero por el nombre y que conozca habré hablado tal vez con unos 100. Tal como van las cosas, el 80% de ellos no estarán el año que viene, bien porque los trasladaron o bien porqué les habrá llegado la libertad.
Mientras Juanma se encarga de los internos del módulo 1, los más numerosos, me voy al módulo 3, para sacar a los primarios. Llego a la garita de los funcionarios y me reciben como cada domingo que a ellos les toca ciclo de trabajo. ¡Buenos días, Pater, ya pensábamos que hoy no había misa! Les sonrío y bromeo diciéndoles que eso de “trabajar todos los domingos y fiestas de guardar es un rollo, y que quiero un trabajo normal”. Nos reímos. Les pregunto si necesitan ayuda pero me dicen que no me preocupe, que ellos me los llevan en cuanto acaben con el reparto de medicación.
Les amenazo con volver después para recoger, en la segunda misa, a los del modulo 3 derecha. Se ríen de nuevo. Me despido y me voy a por los internos del módulo 4 izquierda. Los de la derecha no pueden salir pues son primeros grados y los de la izquierda, aunque son FIES (Fichero Internos Especial Seguimiento) me han autorizado a sacar a los que quieran ir a misa, siempre que no sean incompatibles con otros internos.
Estamos todos en el Salón y la Eucaristía se desarrolla como siempre, más de 80 hombres, están atentos a las oraciones, los cantos… y el silencio y el respeto reina durante toda la celebración. ¿Quién lo diría? ¡Ni en la calle he visto tanto silencio en una celebración!
Segundo peregrinaje. Llevo a los internos del 4 a su módulo. Me paso por la Enfermería, hoy trabaja Paco el funcionario, que con su acento murciano me saluda deseándome un feliz domingo. A lo lejos veo a Carlos, un interno, y con un solo gesto interpreta que es el momento de dar voces por el patio para avisar a los que quieran ir a misa. Como les costará más llegar ya que son las personas más mayores y hay alguna que otra muleta para ayudar a caminar… me acerco de nuevo al modulo 3 y cumplo mi amenaza: ¡vengo a llevarme a los del 3 derecha! Nos reímos de nuevo.
Mientras, Juanma ha ido a por los internos del módulo 2 que llegan cuando estamos todos en el salón. Pero durante el camino, gestos de rigor de algunos internos: Arrancar hojas de la planta de hierbabuena, mirar en los ceniceros por si alguien dejó una colilla y quien más o quien menos me tantea o me recrimina que no le han llegado los 6 euros que le dije que le pondría en peculio (no los puse porque tenía 40 cuando fui a mirarlo). Le digo que luego se lo explico.
Esta misa es más movida. La homilía a la fuerza también lo es. Así consigo mantener la atención y a la vez conseguir que se sientan dentro de la celebración. Durante las peticiones piden muchas cosas, como siempre, con razón son el patio más tiradillo de la prisión. Al terminar, la cola de indigentes se forma delante de mí y de mi libreta, donde me apunto los recados para la semana.
Miro el reloj de reojo, me doy prisa pues son las 11,50. Cerramos todo y nos vamos a dejar los paquetes.
¿Un relato casi aburrido verdad? Pues todo depende de la profundidad y la intención.
Fijaos, no hablé ni de una sola emoción. Tal vez por eso el relato no hay dicho nada, pero… ¡a veces lo ordinario puede ser tan bello! Releamos la historia.
Tengo suerte de poder ir acompañado cada domingo a las Misas de la Cárcel con tres personas que hoy decidieron que su mejor forma de empezar el domingo era compartiendo su vida con los más pobres, los presos. Una de ellas viene de empalmada de trabajar sin dormir. Al pasar el primer registro, el funcionario de puerta, ya amigo, me saluda con un abrazo cariñoso y con la mirada me dice que me llamará por teléfono porque necesita hablar conmigo. José Ramón, el jefe de Servicios, ha estado en misa y ha rezado en silencio, como siempre, y se ha mimetizado entre los internos, como uno más, a la hora de la Comunión. La Eucaristía es la misma para todos. En las idas y venidas de los módulos, los internos me han explicado las últimas novedades sobre sus causas y toda la desesperanza que eso implica. A algunas familias las conozco, a otras las hemos podido becar, con otras aun tengo que hablar y conocer a sus hijos. Antonio, uno de los funcionarios del 3, me ha pedido ofrecer la Eucaristía por un amigo suyo que ya ha fallecido. Cada saludo, cada paz dada en la celebración va acompañada de un deseo sincero de libertad y amistad. Mientras entran los del 2, voy recibiendo unos cuantos “Padre, gracias por el peculio” o “Gracias por la ropa”, mientras observo de reojo a Pedro y Blas que han corrido para llegar antes que nadie al cenicero y quedarse con la mejor presa del lugar, las colillas que se han quedado a la mitad, porque no tienen dinero para comprar en el patio. Blas lleva unas zapatillas 5 números más grande y Pedro me habla de que nadie le escribe. Cuánto sufrimiento, Señor. Piden mil cosas, casi nada para ellos. Saben que hay gente que sufre más: sus familias. Piden por el tercer mundo porque pasan hambre y a ellos no les falta de comer. Alguno llora en silencio esperando que no le vean los demás, otros solo cierran los ojos con la intención de que esta vez Dios les pueda escuchar con más fuerza y ayudarles. Detrás de cada petición de peculio (dinero), suele haber una historia dura, muy dura…. El dinero es solo un lenitivo para aliviar o acompañar en el sufrimiento. Una condena con tabaco es algo más llevadera…
Pero de todo esto solo sabemos los que tenemos la suerte de trabajar en la prisión. Es el sitio donde más sufrimiento hay por metro cuadrado. La parroquia más pobre de toda la Diócesis. ¡Tengo tanto para dar gracias, Señor!, ¡Aprendo tanto cada día de ellos!

P. Nacho

miércoles 22 de octubre de 2008

¡Discúlpame, Jorge!


Los sábados por la mañana, antes de a ir a celebrar la Eucaristía con las mujeres, suelo pasearme por el módulo de la enfermería para visitar a los enfermos.
Ayer, al llegar al módulo, el funcionario me comentó que Jorge estaba encamado. Justo el domingo pasado había hablado con él en la misa que tengo a las 11 de la mañana con los internos del módulo 2. Su físico le delata; hace más de 15 años que tiene SIDA, ya se ha quedado sordo y anda apoyado en una muleta. Me ha pedido ropa varias veces ya que dice que no tiene, aunque me consta que anteriores veces la ha vendido en el patio.
Al acabar la misa me hizo la espera, pero esta vez quería algo más complicado si cabe. Quería establecer contacto con su hermano, del que no sabe nada hace más de año y medio. El hermano hace mucho tiempo que no quiere saber nada de él. Jorge lleva muchos años preso, toda una vida, y esto no hay familiar que lo soporte durante muchos años. Y es que muchos años de sufrimiento acaban propiciando el olvido o la ruptura completa del corazón.
Como no oye, se acerca mucho a mi cara para hablarme con la esperanza de que le oiga mejor. No se da cuenta que yo le escucho sin problemas. Al acercarse, descubro con mayor precisión las costras de la cara y un color amoratado en sus labios que delatan más aún su proceso terminal.
Cuando me dirijo a las escaleras que me llevarán a la primera planta de la enfermería, de camino, aparece Chimo, al que saludo y pregunto por su situación. Luego aparece Mohaned, le saludo; Joana, le saludo; y van apareciendo más internos que buscan de mi un saludo, una conversación cercana, un ¿cómo estás? O, por qué no, alguien en quién descargar la rabia hoy vestida de desesperanza por el permiso que parece que ha recurrido el fiscal cuando ya la juez de vigilancia lo tiene concedido de forma positiva. Hoy Joana viene con el rostro cambiado, normalmente sonríe, pero la amenaza próxima del cambio de prisión a Castellón le hace hoy andar cabizbaja. Mohamed anda hoy medio eufórico ya que después de tres años de llevarlo bien, por fin podrá disfrutar 3 días de permiso junto a sus hermanos en Torrevieja.
Uno de los que me saluda, Toni, me comenta que Jorge ha pasado mala noche. Se ha hecho sus necesidades encima. Me hace intuir que su saludo ha desmejorado en mucho en solo 6 días.
Las conversaciones se multiplican. A cada interno su tiempo. Sólo quieren eso, que les dediques tiempo. A la que me doy cuenta son las 11 y llevo más de tres cuartos de hora entre conversación y conversación. Debo marchar ya para el módulo de mujeres, ya que la misa allí es a las 11.
Me prometo a mí mismo que si mañana no me da tiempo de pasarme después de las mismas, mi primera visita de la semana será para Jorge. Sé lo mucho que se agradece recibir una visita cuando uno está enfermo y en prisión. Tal vez el lunes esté mejor y ya haya vuelto de nuevo a la rutina del módulo 2.
Esta vez no, esta vez he llegado tarde. Al llegar esta mañana a la enfermería para llamar a los internos para misa me ha comentando que Jorge falleció ayer, sólo 3 horas después de estar en el módulo.
Se marchó a solas y sin despedirse. El bueno de Toni, preso como Jorge, y tan enfermo como él, se había convertido en el buen samaritano que lo cuidaba día y noche. Toni había salido un momento del chabolo, a la hora de la comida, y en ese momento Jorge decidió no seguir luchando. Tal vez el silencio de la celda y la soledad fueron el lugar idóneo para abrazar la paz definitiva, aquella que no tuvo durante muchos años.
Cuando me lo dice Toni, le brillan los ojos. Me pregunto si Toni está emocionado por lo ocurrido, por los días que le ha cuidado o porque cruelmente intuye que tal vez su marcha sea parecida a la de Jorge. Prefiero no preguntárselo.
Hoy hemos celebrado la misa por Jorge. Celebrar la misa por un preso recién fallecido es algo especial. Ni en la calle he visto tanto respeto y silencio. Durante la celebración no puedo evitar sentirme mal. Me digo a mí mismo que no sabía lo que podía ocurrir pero algo me dice que me hubiera gustado poder despedirme, despedirle. Tal vez hubiera sido la única despedida. Su último cruce de mirada con alguien que era capaz de mirarle más allá de su Sida, la misma mirada que Toni, su compañero enfermo, le ha regalado estos días. Otro buen samaritano anónimo. ¡Hay tantos en la cárcel y que no salen en periódicos!.
Perdóname Jorge, llegué tarde. Necesitaba decírtelo.
Disfruta del abrazo que el Dios Amor, sin duda, te tenía preparado desde siempre.

P. Nacho

miércoles 3 de septiembre de 2008

Un domingo de verano


" Después de una temporadilla sin aparecer por aquí, os dejo un nuevo pensamiento en voz alta"

Son raros los domingos por la tarde, y más si estás en pleno verano. Pareciera que ponerse a trabajar es pecado en esta tarde de soporífero calor; y sin embargo, la oferta de actividades lúdicas tampoco me resulta demasiado atrayente.

Me apetece rezar. Creo que voy a regalarme uno de esos momentos que me gusta tener. Un gran paseo por las calles de Elche, el mp3 en las orejas y cualquiera de los discos de Brotes de Olivo. Respirar hondo y observar a la gente que pasea mientras me dejo llevar por alguna de las antífonas del disco “Yo soy”. Sí, es el plan perfecto.

Vuelvo de mi pequeña escapada mental, del mundo de los deseos, y compruebo cómo se ha dibujado una sonrisa en mi cara. Rápidamente se me borra al sobresaltarme por un gran petardo que han tirado en el parque de delante de casa. Estamos en fiestas y los petardos se convierten en la banda sonora de una ciudad que intenta sobrellevar el asfixiante calor con kilos de sandía y algún que otro heladito.

Salgo de casa, zapatillas en los pies, y selecciono en mi mp3 el disco elegido para el momento, dispuesto a disfrutar durante hora y media de la “presencia de Dios”.

Respiro hondo mientras mis pasos van haciendo camino. Me dejo llevar por la música mientras disfruto de la belleza de las palmeras y de una tímida brisa que ha decidido acompañarme durante parte del camino. ¿Qué más se puede pedir? La música me ayuda a entrar en oración y a olvidarme de las miles de conversaciones que se entrecruzan a lo largo de mi camino y que salen de bocas anónimas. Sólo los petardos me devuelven a la realidad.

Acabo de pasar el puente de la Avenida del Ferrocarrill, dispuesto a tomar con ilusión un nuevo tramo más concurrido.

Me ha parecido escuchar mi nombre; no hago demasiado caso. Sigo caminando. De nuevo, ahora con más fuerza (imagino que con mucha porque lo he escuchado a pesar de llevar la música encendida). Giro la cabeza mirando a mi alrededor con cierta timidez, vaya a ser que no sea para mí y no se note demasiado que creí que me llamaban. Miro y a cierta distancia veo una persona que levanta una mano como queriendo llamar más mi atención. Vuelve a decir mi nombre, “¡Nacho!” (menos mal que no me ha dicho Padre Nacho sino la vergüenza, no por mi estado clerical, sino por mis pintas, hubiera sido mayor). Retiro mis cascos y reconozco esa cara que se me aproxima.

Ahora sí lo reconozco. No recuerdo su nombre, pero sí su cara. No se me olvida ninguno de los rostros con los que he hablado en Fontcalent en estos 5 años. No sé porqué, pero es así. Los nombres los olvido, pero los rostros no. Ya más cerca, me saluda de nuevo, me estrecha la mano, mientras intento buscar en mi memoria unos apellidos que concuerden con ese rostro. No lo consigo. ¿Padre, se acuerda de mí?, me dice. Le contesto que sí, pero le digo: ¡Recuérdame tu nombre, que este Alzheimer mío…! (como queriendo justificar el no acordarme de su nombre). Soy Juan, dice él, con unos ojos rojizos y vidriosos que delatan que acaba de consumir alguna droga.

¡Hombre, Juan, me alegro de verte!, ¿pero tú no estabas hace poco en Fontcalent?. Sí, Padre, me dice él, ¡en el módulo de talleres, se acuerda que estuvimos hablando! Sí, claro, le contesto yo.

Sigue la conversación. Me dice que salió bajo fianza, pero que pronto tendrá el juicio. Intento quitarle hierro al asunto del juicio, pero descubro que no lo consigo cuando me dice que se enfrenta a una petición fiscal de 8 años de prisión. En ese momento tomo conciencia de la altura de su preocupación y del porqué ha decido volver a consumir esta tarde. De nuevo intento animarle diciéndole aquello de que “ya sabes que los fiscales siempre piden lo máximo”. Sin embargo, por los detalles del procedimiento, intuyo que tal vez 8 no, pero 6 seguro que le van a caer. Vuelvo a darle ánimos, sabiendo que ninguna palabra es capaz de animar teniendo en cuenta la condena que se le viene encima.

Me repite que se alegra de verme y se despide como siendo solo un hasta luego, como sabiendo que dentro de poco volveremos a vernos en la prisión. Tal vez me ha parado porque necesitaba volver a tomar contacto con el mundo de la prisión, pero desde un acercamiento positivo. Tal vez solo quería saludarme porque cuando hablamos, aquella conversación le hizo bien. No lo sé. Tal vez sólo necesitaba poder hablar con alguien que le trajera buenas noticias o que pudiera rebajar, con palabras de ánimo, el duro destino que le tiene marcado su antiguo delito.

Se despide y se marcha. Retomo mi camino y vuelvo a conectar mi música, pero no la oigo ya. La conversación con Juan me ha dejado tocado, retumba en mi mente y en mi corazón más fuerte que la música y más fuerte que los petardos que siguen amenizando la tarde.

Juan se convierte en mi oración, en mi única oración durante el resto del trayecto. Yo quería dedicar un tiempo a la oración en esta tarde pero Dios, como siempre, se ha encargado de llenarla de contenido. Me equivoqué de nuevo. Este rato de oración no era para rezar por mí, era para rezar por Juan.

¡Gracias, Señor!

domingo 4 de mayo de 2008

Una de cal y otra de arena…


Acudo esta mañana a conocer a Catalina, me han comentado que ha ingresado en el módulo de mujeres hace solo un par de días, los mínimos como para pasar por ingresos hasta que pase al patio con el resto de las internas. La visita a Catalina viene motivada por la preocupación que profesionales, funcionarias y el resto de internas me han transmitido ante su delicada situación.
¡No será para tanto!, pienso yo mientras la llamo por el micrófono del módulo que suena por todo el patio. Mientras espero que llegue, a mi paso, otras internas me reclaman la atención. Les digo que pasen después que Catalina. Hoy no puedo ir al despacho de tratamiento pues está ocupado y una vez sentado en uno de los asientos de plástico del comedor, saco mi libreta de apuntes y miro el resto de entrevistas que tengo programadas para hoy. Antes de terminar de ojear la libreta se acerca Rosi para decirme que Catalina está llegando. Giro la cabeza y la veo llegar. Es grandota y está hinchada, demasiado hinchada, camina lentamente como quien titubea a cada paso y como bastón ha improvisado el brazo de Rosi que se lo presta gustosa. Rosi es la interna que está con Catalina en el chabolo pues debido al estado de salud de Catalina no se atreven a dejarla sola.
Mientras intento que la cara no me delate ante la primera sensación de verla, le doy mi más calurosa bienvenida. Se sienta delante y Rosi a su lado. Se presenta y lo primero que observo es una boca que se ha quedado sin apenas dientes y distintos tonos de morado según la parte de la cara y el cuello a la que mires, es el signo más evidente de su cáncer avanzado. Me habla sosegada, como buscando oxigeno entre palabra y palabra, como quien pide permiso para pronunciar la palabra siguiente sin saber si está bien o no pronunciada o si será la palabra adecuada.
Su delicada salud no le ha impedido que vuelva a meter la pata. La ha tenido que hacer muy gorda para que el juez que le dio la libertad por su estado de salud, haya decidido que reingrese de nuevo. Difícil decisión la de los jueces.
Se ha escapado de todos los hospitales pues, como ha hecho desde siempre, nadie le dice lo que puede o no puede hacer. Imagino que sus 12 años de estancia en prisión por delitos graves (da igual el delito), y una impulsividad nada controlada,que aún deja entrever entre sus balbuceos a cada interrupción de lo que quiere decirme Rosi, me hace intuir que su vida y su paso por prisión no ha sido un camino de rosas.
Me habla de su hijo que está con su madre. Su madre tuvo que asumir la tutela del nieto, que ahora tiene 17 años, ante el ingreso en prisión de Catalina.
La conversación pasa de temas triviales a temas más espirituales y profundos. En un momento determinado me doy cuenta que se ha convertido en una confesión pública y que está siendo una declaración de principios, o lo que es peor, una despedida en toda regla. Desde los tiempos en los que me tocó vivir la despedida lenta y anunciada muerte de mi padre por un cáncer no había tenido esa misma sensación hasta el día de hoy.
Me pregunta sobre el cielo y sobre Dios, y mientras divaga pensando que el cielo tiene y debe ser mejor que lo que ha tenido que vivir, de vez en cuando, frunce el ceño, que evidencia un nuevo pinchazo de dolor que le incomoda cada pocos minutos. ¡Son como pinchazos que me suben de las manos y me paralizan todo el cuerpo, Padre!. Mientras intento que se olvide del dolor producido por la leucemia terminal de vez en cuando, veo como aprieta la mano de Rosi, signo inequívoco de un nuevo pinchazo.
Mientras intento encajar este momento donde el dolor se me muestra con su máxima crudeza elevo una tímida oración al buen Dios con la esperanza de que si quiere, se lleve pronto a Catalina para que deje de sufrir los dolores que ni los parches de morfina consiguen apaciguar y que no remitirán hasta que muera.
Lo único que puedo prometerle, y así lo creo, es que el cielo tiene que ser lo máximo, porque si Dios es amor, estar con Él para siempre tiene que ser el mejor de los sueños. Y esto se lo comento cuando he cogido entre mis manos las suyas, intentando solo acariciarlas porque cualquier opresión le produce mucho dolor. Le prometo que le traeremos la ropa y que tal vez sería bueno hablar con su madre ya que ella me asegura que su madre está dispuesta a acogerla en casa cuando salga, esperemos que en unos días, porque intuyo que en su situación no puede estar mucho tiempo en prisión.
Finalmente rezamos juntos. Cerramos los dos los ojos, mano sobre mano, mientras hacemos peticiones diferentes. A ella me lo imagino pidiendo dejar de sentir dolor y descansar para siempre, y yo pido a Dios que por lo menos en estos momentos finales de la vida y, en prisión, pueda sentirse acompañada y querida, y todo esto mientras no puedo evitar que la situación me medio-supere y la emoción empañe mis ojos los justo para que lo sentido no se transforme en lágrima.
Nos despedimos, pasa la mañana y sobre la una del mediodia, cuando los internos ya pasan a comer, me voy a hablar con la trabajadora social del módulo de mujeres. Me pone en antecedentes y como imaginé, su madre no ha encajado bien el último ingreso de Catalina. Me la pasa al teléfono para que yo le pueda dar indicaciones de cómo hacerme llegar la ropa de su hija para que yo se la traiga. ¡Porque yo no pienso ir a llevársela!, ¡como mucho se la envío a usted!, La noto enfadada, muy enfadada, cansada de mil historias de su hija Catalina. Tanto, que la conversación concluye con un ¡la próxima vez que me llamen espero que sea para decirme que mi hija ya ha muerto!. El tortazo emocional que me hace sentir esa frase es fuerte. Lo triste es que me he acostumbrado a ello. Intento ponerme en su piel y me imagino a una madre luchadora, cansada de aguantar y de estar siempre detrás de Catalina, cansada de los delitos de su hija, cansada de sus robos, cansada de que no se haya preocupado de su hijo…. Cansada, tan cansada, que para dejar de sufrir parece haber decido convertir su amor de madre ya agotado, en olvido resignado como único escudo con el que defenderse cuando es imposible seguir soportando más dolor.
Cuelgo el teléfono y me voy a casa dándole vueltas al caprichoso vaivén de sentimientos encontrados que he vivido en una sola mañana. Una de cal y otra de arena, así es la cárcel.

P. Nacho Blasco, director.